sábado, 20 de agosto de 2016

Dibujos de Albacete IV. Paseo de Simón Abril


   Este dibujo, estilográfica con tinta Platinum de registrador y acuarela sobre  papel Claire Fontaine Extra Rough de 300 gramos, de 20 x 40 cm, que todo hay que decirlo, recoge una vista del Paseo de Pedro Simón Abril, de Albacete, eliminando en el dibujo un edificio en el primer plano a la izquierda que taparía parte de esa otra hermosa construcción, una de las dispersas sedes anteriores de la Policía Nacional. Este cuerpo las ocupaba hasta que les construyeron un nuevo, amplio y alegre edificio al lado del Puente de Madera, cerca de donde estaba la cárcel, y algo más lejos del cerrico donde estuvieron mucho antes el rollo —o picota— y la horca. Es una construcción con ventanas de colorines que dan lugar a que muchos la confundan con una guardería, error que para algunos puede resultar trágico.
   Es uno de los pocos edificios de época y porte similares que quedan en pie en un paseo en el que a principios de siglo pasado construyeron sus viviendas suntuosas y ajardinadas las clases acomodadas de Albacete, frente al Parque recién plantado, algo en las afueras, pero sin perder de vista los edificios de sus negocios: clínicas, comercios, bancos, hoteles o el casino de los hombres primitivos, que habían levantado en predominante estilo modernista en la cercana y estrecha calle Ancha. Torciendo a la derecha, Avenida de España, el majestuoso instituto "Bachiller Sabuco".
   Don Pedro Simón Abril, que da nombre a este paseo arbolado que curva suavemente sus brazos para abrazar al parque a lo largo de este tramo, nació en Alcaraz en 1530 y fue un eminente humanista, pedagogo, gramático y traductor, en su condición de excelso helenista y latinista, cuyas versiones en español fueron utilizadas durante siglos. Fue un teórico de la traducción, de la que decía: “El que vierte… lo vierte como de suyo, sin que quede rastro de la lengua peregrina en que fue primero escrito”. Por enseñar en Huesca donde, al parecer, no debía hacerlo por carecer de permiso, fue excolmugado, que su vida no fue tan plácida como a un ratón de biblioteca cabría suponerle. Publicó en 1589 sus "Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas", lo que ya era tentar la suerte.

   Por aquellos años, la ciudad de Alcaraz, en la sierra albaceteña, empezaba a mostrar una menguante prosperidad económica pero un poderío cultural que se nos revela al considerar que, subiendo sus cuestas, nos podíamos encontrar con el arquitecto Andrés de Vandelvira, que construyó su hermosísima plaza renacentista, la casa de la Aduana y muchos nobles edificios de Úbeda, Baeza o Jaén. Entre otros ilustres caballeros y damas del lugar, también nos toparíamos con el bachiller Sabuco, gran filósofo y entendido en medicina, aunque parece que no fue médico, tal vez boticario, empujado a su ejercicio por las epidemias que diezmaban la ciudad, confundido quizás con algún pariente del mismo nombre, y con su hija Oliva Sabuco de Nantes, de cuya obra "Nueva filosofía de la naturaleza del hombre", publicada en Madrid en 1588, siguen discutiendo ciertos especialistas a quién atribuir la autoría, al padre o a la hija.
    En su testamento el bachiller se adjudica él  mismo la obra, diciendo haberla atribuido a su hija para acrecentarle la gloria, que no el provecho. ¡Vaya padre! Muerto dos días antes de testar habría quedado mejor ante la historia, si no como filósofo, sí como amante progenitor, aunque la culpa, como es natural, la tenía el yerno. Según afirma y demuestra Domingo Henares, y de ello entiende, el autor fue el padre, no la hija. Y lo siento. No sé por qué, pero lo siento. Don Aurelio Pretel, medievalista que sabe más de Alcaraz que el ordenador de Montoro, remata la jugada en una publicación del Cultural Albacete, y en ella apuntilla las tesis proolivescas de un profesor que conoció hace poco la existencia del tal bachiller Sabuco y de su hija, intrigado por el nombre del instituto en el que trabajaba,  docente que se metió brioso y altanero en estas esgrimas sin calibrar adecuadamente lo afilado del florete de don Aurelio.

   Unos pocos años después por allí andaba como profesor de latinidad don Pedro Collado Peralta, autor de "Explicación del libro cuarto del arte nuevo de gramática de Antonio", refiriéndose a Nebrija con gran familiaridad, como se ve, aunque es altamente improbable que hubieran comido juntos, entre otros motivos porque Nebrija había muerto en 1522. En 1601, nacería allí el padre Sebastián Izquierdo, autor de "Pharus Scientiarum", y no son los únicos que daban lustre a esa ciudad medieval fortificada, que fue última frontera frente al reino nazarí de la próxima Granada.

   La estadía de Simón Abril en Alcaraz, su pueblo, distó mucho de ser gloriosa, pues no fue especialmente valorado como docente, cosa no rara en nuestro oficio, siendo obligado a examinarse a pesar de ser un reconocido catedrático que había ejercido anteriormente en algunas universidades españolas. Sus frecuentes ausencias y abandonos de las labores docentes viajando a Madrid y Toledo para tratar de reimpirmir sus traducciones sobre Aristóteles o de las seis comedias de Terencio,  tampoco ayudaron a elevar el aprecio local y, para rematar la suerte, tras conseguir un aumento de sueldo de 30.000 a 40.000 maravedíes, tuvo que salir por piernas de Alcaraz por un lío de faldas, según he leído, aunque ahora no encuentro dónde. Tengo que preguntarle a don Aurelio Pretel.

    Ambos Simón Abril y el bachiller Sabuco intentaron ser reformadores de la enseñanza, de las leyes, la administración del reino y de todo lo divinio y lo humano, para el bien de la res publica, con escaso éxito, como tantos otros, pero asombra leer como Simón Abril propone métodos de aprendizaje de la lectura y la escritura para inculcar tales ciencias en las "tiernas molleras de los niños", o Sabuco propone eliminar las más de las leyes, asfixiantes, heredadas de los romanos en un latín incomprendido por los más y que dejaban poco campo a la vida real. De paso, dejaba constancia del paso del cometa Halley por los cielos de la sierra alcaraceña en 1572, que nada escapaba a su escrutinio. Simón Abril en sus "Apuntamientos" y Sabuco en su "Coloquio de las cosas que mejoran este mundo y sus repúblicas", vienen a coincidir en no pocas cosas, como cuando este último señala el gran daño y perdición que significan los pleitos y su duración:


 
   Bueno, pues Simón Abril tiene un paseo en Albacete, Oliva Sabuco de Nantes otro y su padre un instituto, el más bonito, además. A Simón Abril se llega por Arquitecto Vandelvira. Sabias decisiones bautismales en la onomástica viaria, no siempre acertadas ni duraderas. 
   Escarbando entre legajos digitales, lo que es la vida, vuelvo a aprender de don Domingo Henares, a quien tuve como profesor de Filosofía en bachiller hace más años de los que yo quisiera y ahora descubro como uno de los dos sabucólogos punteros del mundo, junto al francés Guy, filósofo en Touluse-Le Mirail que considera a Sabuco precursor de la medicina psicosomática. En los interrogatorios en la pizarra, tras advertirnos que para hablar de Platón o de Aristóteles habia que levantarse de la silla, nos escuchaba atentamente y concluía que a los de letras, aun cuando no dijéramos nada atinado, daba gusto oírnos. También me encuentro con frecuencia rebuscando en los archivos con don Alfonso Santamaría Conde, a don Samuel de los Santos Gallego y a don Daniel Ortega, que fue mi último maestro antes de ingresar yo en el Instituo Bachiller Sabuco y él en la mili. De este último recuerdo haber colaborado en pintar unas enormes carabelas que todos los días descubrían América desde el mar de la pared de nuestra clase, o verlo esculpir en arcilla una imagen de la Virgen, no sé si del Pilar o de los Llanos, para llevarle flores en mayo.

   Como otros no se han dedicado a la investigación ni han  publicado, que yo sepa, el producto de su sabiduría, que no era poca, desafortunadamente no tropiezo con don Samuel o don Jesús José, mis queridos profesores de latín y griego. Este último, sacerdote adscrito a la catedral, se emocionaba hablándonos de Atenea, la de los ojos de lechuza, o se acaloraba escenificando escenas de la guerra de Troya, cual Ajax con sotana. Con ellos aprendí a disfrutar con las resonancias de palabras como platirrino, nematelminto, cefalópodo o mitocondria. Lo poco que sé de ciencias lo aprendí en griego. Y no sé cuántos euros debe Grecia al resto de Europa, pero los actuales europeos, cuanto más al norte más bárbaros,  no quieren hacer cuentas de cuánto debemos a este pequeño país. Hasta el nombre (Εὐρώπη), mucho más de lo que todo el dinero de Draghi podría nunca pagar. Tambien nos contaba con entusiasmo don Jesús José la feliz coincidencia toponímica entre la aldea de Los Pocicos, donde el pan, y Puzzuoli la de las aguas volcánicas, la latina Puteoli, que fue colonia griega con el nombre de Dicearquía, 'el lugar donde reina la justicia'. Hasta me ha acrecentado el disfrute de ver salir el sol en la zona de Jávea y Denia, la Hemeroscopeion griega, (Ἡμεροσκόπειον), la que mira el día, el primer lugar donde amanece en nuestra península, de la misma raíz que hemeroteca. La Diánion (Διάνιον) griega, la Dianium romana, la Denia española.

    Tampoco me cruzo con don Abelardo Cuesta, el padre de Drake, gran batería y bongosero, —Drake, no su padre, aunque no hubiera sido raro—, ni doy con otro profe cuyo nombre lamento no recordar, procedente de Canadá creo, tan buen dibujante como persona, gran fumador de Bisonte, ni con don Vicente Gaitano, que fueron todos ellos mis profesores de dibujo. A este último, vecino mío, le obligaron a impartirnos geografía de España y nos hizo aprendernos los pueblos de España en verso: 

Albacete, Hellín, Almansa,
Chinchilla, Alcaraz y Yeste,
La Roda y Villarrobledo,
Casas Ibáñez, Caudete,
Madrigueras y Tobarra,
Tarazona y Montealegre.

Madrid y Navalcarnero,
Chinchón, Pinto y Colmenar,
Buitrago, El Pardo, Getafe,
Torrelaguna, Alcalá [...]

Soria y ruinas de Numancia, 
Burgo de Osma y Almazán [...]

Y así, todas las provincias de España, en cuyo mapa aparecían aún el Sáhara, Fernando Poo, Guinea Ecuatorial, Sidi Ifni y otros restos coloniales y ultramarinos.

    La verdad es que se lo curró don Vicente. También es verdad que lamento no haber conservado mi cuaderno de Geografía, cada provincia con su mapa y su verso. Sería algo impagable. Sí conservo, a Dios gracias, los apuntes de Historia y de Historia del Arte, los morosos cuadros sinópticos con que don Alfonso Santamaría Conde condensaba en la pizarra la ciencia que iba desgranando, apoyado en cientos y cientos de dispositivas. Con él visité por primera vez la Cueva de la Vieja de Alpera, el castillo de Almansa, Chinchilla, Alcaraz y otros lugares. Lo de Alcaraz no se me olvida pues,  en un archivo-desván, lleno de libros, papeles y palomas, habían descubierto y desemparedado parcialmente un par de momias, aún con pelo, a las que los más díscolos intentaban meterles un dedo en el ojo, en las cuencas de un calavero forrado de pergamino, ya bastante desmejorado, aprovechando algún descuido de don Alfonso. Goscinny, en El Pequeño Nicolás, —el amigo de Alcestes, no el fantasma actual—, ha tenido que inventar poco. En la figura del malvado visir Iznogud, que quería ser califa en lugar del califa, el bondadoso Harun-el-Pussa, tampoco, que vamos camino de las terceras elecciones.

     A algunos de mis amados profesores, como digo, no los encuentro, pero no los olvido. Sí que he dado con don José García Templado, al que localizo en la Complutense, un verdadero lujo de profesor de Literatura, ya en el Instituto Tomás Navarro Tomás, que entonces era simplemente "el dos". Contagioso su amor por el teatro, cuyas pausadas lecturas y comentarios en clase usando bien encuadernadas antologías de Martín de Riquer, de tapas verdes si no recuerdo mal,  han ejercido más y mejor influencia de la que él, —imposible que me recuerde—, podría nunca suponer. Siendo nuestro profe, cuando dió a luz su mujer, fuimos una comitiva a su casa  en la calle Dionisio Guardiola a llevarles un regalo agradecido. Que nos llevara a ver Tirano Banderas al Teatro Circo y cuantas obras allí se representaban, me permite hoy recordar a actores como Manuel Dicenta en escena y a disfrutar del teatro y de la literatura. A él le escuché por primera vez nombrar a Chejov. Lo he encontrado en facebook y le he enviado una petición de sincera amistad, ya que no hay peticiones de agradecimiento en ese antro de perdición telemática.

   De Ciencias sólo recuerdo bien a Sotoca, mi mejor profe de Matemáticas, orondo hermano gemelo del notario que escrituró la casa que aún estoy pagando. No sé si tuvo algún error, pero se me está haciendo eterno. Tampoco olvido a don Francisco Pérez, "Menos Uno" por mal nombre pero, más que en clase, en esas aulas con tarima para el dómine y grada para los pupilos, se me representa en la calle, de porte magro, gafas de Woody Allen, pelo crespo, canoso y algo enmarañado, traje también gris con el pantalón hasta medio pecho y el País bajo el brazo, rumbo al Milán, pues sólo estuve en su aula una hora, lo que duró el examen de matemáticas de primero de bachiller al que me presenté en convocatoria libre en septiembre. Tuvo sobrado tiempo con esa hora para calibrar mi ignorancia numérica y me suspendió como era su costumbre, aunque supongo que justamente, poniendo un borrón no repetido en mi inmaculado expediente. Cuando oigo hablar de polinomios, algo que siempre me ha sonado a cosa insana e infecciosa, bullendo llena de patas, me sale un sarpullido. Un logaritmo, aunque ya me parece algo más cantarín, también me da grima. Si es neperiano, por demás.

   Pero, visto lo visto, no tengo la culpa de mi desafección hacia los números., pues compruebo hasta qué punto me gusta lo que me gusta, soy como soy y pienso como pienso gracias a estos entusiastas colegas docentes que nos inculcaron el aprecio por las palabras y el pensamiento, el disfrute de la lectura, el amor por la historia o el respeto y admiración por los restos del pasado. A alguno de ellos, coincidiendo en alguna cafetería, he tenido ocasión de darles un abrazo agradecido e intentar invitarlos a un café, sin pretender que reconozcan en mis restos a un muchacho que tuvieron en su clase cuando ellos tenian 30 años y yo 15 o 20 menos que ellos. En mis 38 años en la escuela siempre los he tenido en mente, intentando, dentro de lo posible, parecerme a estos profesores con los que he tenido la suerte de aprender.

   También gracias a estos impagables —y escasamente pagados— docentes, sobre todo a la lectura que consiguieron hacerme tan agradable como imprescindible, al echar mano a la cesta buscando la cereza de Simón Abril, salen enredados con ella otros personajes, recuerdos, historias, y sentimientos que uno creía olvidados.  Ya me perdonaréis mi consecuente desparrame y dispersión.


"Nueva Filosofía ..." Sabuco- Biblioteca Digital Hispánica
"Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas" Simón Abril. BDH
Revista Cultural Albacete nº 12/13. 2008
 

Manuscrito Nueva Filosofía Sabuco
Sabuco: "De la Música: la qual alegra, y afirma el cerebro, y da salud a toda enfermedad", en la Nueva Filosofía...

sábado, 30 de julio de 2016

Dibujos de Albacete III

   No sé si estos muros de la catedral de San Juan de Albacete son —obviando, claró está, los riscos y peñascos que abundan en los bancales y secanos circundantes—, las piedras más antiguas que siguen en activo en nuestra capital. Ningún edificio de culto cristiano hay de estilo románico o anterior en la zona, salvo los restos visigóticos de Minateda, pues en los siglos del románico por estos andurriales el personal andaba con chilaba.  El caso es que he pintado a la catedral de culo, con perdón, desde su parte de atrás, la sacristía de 1568, dado que, salvo el interior, verdaderamente hermoso e imponente, la pátina y disposición de estas nobles y antiguas piedras labradas es una de las cosas que más me gustan de la catedral de Albacete, que uno se conforma con poco. Muchas veces me he deleitado contemplándolas mientras me tomo una cerveza en "El Vermut", en lo de mi amigo Pepe, mientras doy curso a un "ora pro nobis", apropiadísima tapa degustable en este más que recomendable bar, que tenía música en vivo hasta que otra oleada almohade ha hecho que tales ruidos se hayan eliminado del gremio de las actividades culturales para reencuadrarlos en el de molestas, algo que ocurre en Albacete de forma intermitente.

    Las obras que desde la parte posterior del edificio se iniciaron para sustituir poco a poco la antigua parroquia mudéjar por una nueva construcción gótica empezaron en 1515. Tener en cuenta que se terminaron, o dieron por terminadas, en 1949, indica que nos tomamos las cosas con más calma que empeño y presupuesto. La parte gótica, la más antigua, iniciada con mala piedra y peores cálculos sobre el empuje de las bóvedas de crucería, tuvo que ser auditada y corregida por Diego de Siloé porque la obra se agrietaba. —"Dada la inminente ruina del templo...", decía su informe—. Sus augurios y soluciones resultaron atinados y, por no desautorizar al maestro, pilares y cubierta se vinieron abajo.  También fueron un acierto las colosales y hermosas columnas jónicas que compuso para arreglar el desaguisado, a medias con Jerónimo Quijano, letra del primero, música del segundo, reemplazando a las defectuosas y sujetando la cubierta del gran espacio de las tres naves de igual altura, propias de una iglesia columnaria, de salón, que así se llaman las de este modelo. La fachada, de inconclusa torre, se dice que es de gusto ecléctico, por decir que es de alguno, pero la obra ya llevaba algunos siglos de retraso y había que terminarla de una forma barata. De cualquier forma. Aquí llamamos pachorra a esa calma chicha vital.

  Gran parte de lo mejor de su contenido, tallas de Salzillo, enseres litúrgicos y el retablo barroco del siglo XVIII, diremos piadosamente que "desaparecieron" en eso que hemos dado en llamar guerra civil. Actuamente los lienzos de sus muros interiores están tapizados por unas pinturas que a algunos puristas les hacen valorar la belleza de la piedra desnuda. Según leo es la mayor obra pictórica de un solo autor en todo el mundo, unos 1000 metros cuadrados de pintura. Al menos en extensión le mojamos la oreja a Miguel Angel y a la Capilla Sixtina, evidente fuente de inspiración para el presbítero don Casimiro Escribá, autor de estas monumentales pinturas, de mérito indudable, aunque menor que el de las poco conocidas grisallas de la sacristía, joyas pictóricas fechadas a fines del XVI.

   A mi me pasmaban de pequeño esas imágenes apabullantes, con volantes jinetes armados de guadaña persiguiendo a los pecadores entre montañas que se derrumbaban sobre ellos mientras huían despavoridos, y me encogía parapetado tras una de esas gigantescas columnas de Siloé del grosor de un elefante más que mediano. No menos atemorizadoras algunas de estas pinturas que los apocalípticos sermones del cura de mi parroquia, el Pilar, don José Olivas, que en las bodas no se contentaba con avisar a los contrayentes de que la cosa era para lo bueno y para lo malo, tanto en la salud como en la enfermedad, sino que se recreaba en la espeluznante descripción de las más terrórificas, atroces y espantosas contingencias que el futuro sin duda les depararía, según daba a entender. Más parecía querer quitarles la idea del desposorio. Y las ganas de vivir. Su voz cavernosa y potente reforzaba los temores. Algo sobrecogedor.

   En esas cosas pienso mientras lo dibujo con estilográfica y coloreo con nogalina y témpera blanca sobre papel Mi-Teintes de Canson de 24 x 32.
   Dibujo acuarelado sobre Garzapapel de la calle de la Feria, por la que la multitud nos empuja hacia ella en septiembre y por donde, de forma algo más tranquilla, se llega durante el resto del año a Los Invasores, el inmenso mercadillo de los martes. En ella, como una isla, se encuentra la casa de Perona, palacete del siglo XVIII en el que han dormido José Bonaparte, dicen que cuando huía de España, e Isabel II, la "reina de los tristes destinos", que tanto trabajó por la renovación genética de la dinastía, antes de huir también en tren desde Santander hacia Francia, tan harta de Narváez y de O'Donnell, como la población lo estaba de ella y de los dos próceres mentados.  Lo de que José Bonaparte huía cuando pernoctó en Albacete no me cuadra, pues después de Arapiles, en 1812, cargado con las joyas de la corona española y cuantos cuadros pudo rapiñar en la corte, de donde salió huyendo es desde Madrid. A medio camino le dió alcance el duque de Wellington que requisó la recua de mulas cargadas con la colección y se apropió del botín. No procede pedir su restitución porque el imbécil e indecente Fernando VII se la regaló al duque por no discutir por tales minucias.

   Mi tocayo, el hermanico de Napoleón, fue apodado Pepe Botella, creo que injustamente, pues su afición a los mostos no era mayor de lo normal, estando más interesado en algunas damas de la corte que en el vino de Valdepeñas. Como en María de las Mercedes, la esposa del capitán general de su guardia mesié Christophe-Antoine Merlin, al que convirtió en conde de Merlin. Metidos en magias, hizo desaparecer al pobre conde enviándolo a misiones en lejanos lugares y así despejar el campo de maniobras. En la obra civil de esas épocas se procuraba que techos y puertas alcanzaran gran altura, en parte para evitar que la nobleza se desportillara las astas. Como mi blog, principalmente va de materiales de escritura y dibujo, plumas y tintas, no puedo dejar de incluir las letrillas con que la sabiduría popular, con menos fotos pero con mayor gracia,  hacía entonces lo que el Hola hace hoy:
 
La señora condesa
tiene un tintero
donde moja la pluma
José primero.
   Como, por su situación geográfica, Albacete siempre ha sido lugar de paso obligado, no es de extrañar que en la ciudad abundaran las posadas, edificios amplios con grandes patios para personas, carruajes y acémilas. Eran por tanto unas construcciones adecuadísimas para arramblar con ellas con el fin de edificar en sus grandes solares algún mostrenco más a juego con los tiempos, por lo que dentro del terreno de lo milagroso entra, pues, que la Posada del Rosario siga en pie. Este edificio del siglo XVI tiene como curiosidad el hecho de que al atravesar antaño la noble portada que hoy tiene adosada y semiescondida, cosa que de pequeño hacía con frecuencia acompañando a mi padre, si entrabas te encontrabas en una imprenta, llamada de los Picos como la casa, y si salías te hallabas en la calle Gaona. Eso era así hasta 1977, fecha en que se demolió el palacio de los condes de Villaleal, al que daba acceso. De forma milagrosa, al atravesarla hoy, si entras accedes a una oficina munipal de turismo y sala de estudio, y si sales vas a parar a una zona comercial cercana al segundo Corte Inglés que se abrió en Albacete, al lado de Villacerrada, uno de los desaguisados urbanísticos para nota perpetrados en la ciudad, y mira que el listón está alto. Pero eso da para un monográfico.

   En la anterior acuarela, el Parque de Abelardo Sánchez de Albacete, 120.000 metros cuadrados de arbolado, cuya plantación se acordó en 1910 y a la que se dedicaron 191,05 €, es decir, 31.788,68 pesetas de la época. Estaba en las afueras cuando se hizo, y ahora queda no sólo en los adentros, sino en pleno centro de Albacete. El parque no se ha canteado de su sitio ni modificado de forma sustancial, pero la ciudad ha crecido mucho, en algunas direcciones más que en otras. Estando en una inmensa llanura donde se podrían haber levantado varios nuevayorks, su crecimiento en horizontal no tenía más obstáculo que la estupidez, que no es freno menor,  y que hecha sustancia en un plan general de ordenación urbana tras otro, le ponía fronteras más o menos establecidas por la carretera de circunvalación, hoy una calle más, integrada en la ciudad. Ese nudo gordiano, que obligaba a hundir edificios para levantar otros mayores en su lugar, no fue cortado hasta la aprobación del actual plan, denostado y entorpecido por quienes, una vez recuperado el mando municipal gracias a desacreditarlo y a sugerir oscuros intereses en su propuesta, hicieron de su aplicación muestra de  eficacia y visión de futuro propias, virtudes evidentemente ajenas por heredadas, incluso combatidas. A cada uno lo suyo. La historia, a veces, acaba poniendo a cada uno en su sitio. A mi hermano también, a Dios gracias, pues fue el alcalde de Albacete que rompió el nudo. 

   Como la estupidez no tiene límites, pues suele centrarse en establecerlos a todo cuando le rodea, entre unos y otros han dejado la ciudad rodeada de una maraña de autopistas, vías férreas, puentes, infinitas entradas y salidas, raquetas con la forma de ∞ simbolizando la también infinita necedad que, poniendo puertas al campo, nos ha creado uno de los pocos problemas que no teníamos. Seguramente se trataba de no tener que envidiar a Toledo o a Cuenca y vernos por fin encerrados por obstáculos menos hermosos e inevitables que las hoces del Júcar o el Tajo. De forma que, siguiendo esa absurda e autoimpuesta necesidad, seguimos creciendo hacia arriba, seta en la llanura inmensa, simbolizada por ese depósito del agua tan alto como curioso, pues no funcionó más que el día de las pruebas, reventando la mitad de las tuberías de la villa con una presión tan inusitada como imprevista. 

   En su momento, la construcción de este inmenso parque urbano, el mayor de la Mancha, también encontró cierta oposición, tanto por el elevado coste del invento, como por lo disparatado de poner tantos árboles juntos sin venir a cuento. El caso es que aquí está, llevando el nombre de su creador, que Dios guarde. De los críticos no hay memoria, que el tiempo a veces hace justicia, como decíamos.
   Dibujo a pluma estilográfica de la casa de Hortelano, pintoresco edificio neogótico-modernista, algo asi como decir neo-rococó tardío, pero sorprendentemente hermoso en su mezcla. Fue reedificado en 1912 como vivienda y sede de Seguros del Norte, por encargo de don Joaquín Hortelano al arquitecto municipal Daniel Rubio. Tal vez uno de los edificios más chuscos de Albacete, lo que nos lleva a agradecer tanto su construcción como su mantenimiento, ahora como Museo de la Cuchillería, destino muy acertado en esta ciudad donde llevar una navaja en el bolsillo no es algo amenazador. De igual forma era uno de los pocos lugares del mundo en donde la palabra 'navajero' carecía de valor peyorativo. Lamentablemente cada vez quedan menos artesanos que sigan haciendo esos útiles que siempre han sido el orgullo de Albacete.

   No hace mucho, al entrar un día en el juzgado y pasar por el arco detector de metales, salió una pequeña navaja en la radiografía, que el guardia civil del control me guardó amablemente para devolvérmela al salir, sin ningún tipo de resquemor, sospecha o reproche. A Frankfurt me llevé otra en el bolsillo de la chaqueta, que inexplicablemente pasó todos los controles del aeropuerto y que dejé allí porque no sería capaz de explicar en alemán a la vuelta que la llevo para afilar el lápiz o cortar salchichón.

martes, 5 de julio de 2016

Dibujos de Albacete II

   En esta segunda entrega de dibujos sobre Albacete, comienzo con un dibujo del edificio del Gran Hotel, en el Altozano, con estilográfica y tinta, terminado con ligeros toques de rotulador-pincel chino. Sobre un papel artesano, casero, que hizo mi hijo Pepe. En él aún aparecen algunas letras incrustadas en la masa, procedentes de noticias de periódico que no llegaron a disolverse. Espero que esas noticias fuesen buenas, aunque la probabilidad es mínima.
     El anterior dibujo es de una de las calles principales de Albacete, llamada Marqués de Molins en este primer tramo y Tesifonte Gallego en el que va del cruce con la calle Mayor hasta el parque de Abelardo Sánchez. En tiempos fue el lecho de un río, el río Piojo y, como el agua es terca, para hacer los cimientos de algunos edificios han tenido que estar bombeando agua durante meses. Piojo se llamaba el río cubierto y así se llamó la calle en sus orígenes, para pasar a ser el Callejón de Agraz y de Suárez y en 1854, denominarse Val General. Luego se volvió a rebautizar en 1903 y 1911 para recibir los nombres actuales en sus dos tramos. Trabajo inútil porque siempre se la ha conocido como calle Ancha, a pesar de que no lo es. A todas horas concurrida, es una de las calles más comerciales de la ciudad, con varios hermosos edificios que sobrevivieron durante el siglo pasado, mientras muchos fueron sustituidos por otros de menos mérito. En fin, esto es lo que hay, o lo que queda.
   Dos dibujos sobre la feria de Albacete, ambas a partir de fotos, reciente la primera, antigua la segunda, del templete del anillo central de la feria. Inmensa construcción es este recinto de edificios concéntricos que se construyó inicialmente en 1783, modificado y ampliado en varios momentos de su ya larga historia, y que sólo se utiliza diez días al año. Sus "redondeles" se conforman por círculos llenos de casetas, un conjunto con forma de sartén, donde abundan los puestos de venta de navajas, bebidas, miguelitos, café, chocolate y churros para la madrugada, mariscos, pollos asados con cava, bocadillos de morcilla o de jamón de Teruel, recuerdos, juguetes para feriar a los niños, cerámicas, pero sobre todo, cosas para comer y beber, que la feria desgasta mucho, pero mucho. Fuera del recinto, otro círculo de casetas privadas, carpas para la música y el baile, puestos de alfombras, artesanías, objetos varios y más jamón, quesos, embutidos y otras sutilezas gastronómicas y bebetorias. Aún quedan los restos de lo que antes era la principal actividad, la compra y venta de aperos de labranza, ollas y sartenes enormes de cobre o acero para la matanza, lonas, cuerdas, marroquinería y cosas similares.
   Cientos de miles de personas que para llegar hasta allí tienen que desfilar por el largo y abarrotado paseo franqueado de atracciones de feria, entre las que hay algunas que cobran por martirizar a sus usuarios, estudios de televisión instalados para el evento, casetas con vinos dulces de Málaga y Cariñena con su barquillo y todo, tómbolas, caballitos y demás. Cuando yo era pequeño no faltaba un circo ni el Teatro Chino de Manolita Chen. En la Caseta de los Jardinillos, en donde en aquella época pedían corbata para entrar, actuaban los mejores grupos y cantantes, acompañados por las mejores orquestas. Entre ellas, alguna en la que yo estaba. Hoy es un lugar más de música y baile, que no son tiempos para los derroches de antaño.
   Veo que en el dibujo olvidé incluir una de las figuras que más me enternecen del evento, una persona semiescondida en su propia selva andante, acarreando sudorosa una maceta descomunal, de varios metros de alta, que de forma poco meditada ha tenido la desgracia de conseguir en una rifa  de esas casetas que las sortean mediante sobres con cartas de la baraja española. Unos trileros tampoco solían faltar, aunque se les ve cada vez menos pues, igual que los payasos, son oficios que sufren un gran intrusismo profesional y es fácil encontrar a sus encorbatados competidores en los lugares e instituciones más variopintas. 
   La primera, acuarelada, tinta indeleble en la estilográfica, recoge la gente que suele abarrotar a todas horas ese recinto ferial, su paseo y los aledaños, dedicados principalmente a comer y beber. Jamón de Teruel, queso, miguelitos de la Roda, gambas, morcillas, guarrillas y demás exquisiteces. Entre las bebidas, aparte de las cervezas y vinos de rigor, triunfan los mojitos, decenas de miles de ellos. ¡Cuánta perversión!
   De la feria de septiembre pasamos a la del libro, que todos los años se instala en el paseo de la Libertad, frente a la Diputación Provincial. Muy oportuno el lugar elegido, porque libros y libertad siempre han caminado juntos. Se viene celebrando desde 1979, en marzo o abril, nunca en semana santa, y siempre aprovechando los pocos días de lluvia de que dispone la ciudad. En épocas de sequeras en lugar de sacar al santo en procesión, la feria del libro viene mostrándose sumamente eficaz para atraer las lluvias. Se venden libros y se recargan los acuíferos. Al fondo a la izquierda el hermoso edificio del Gran Hotel, en el centro, voluntariamente difuminado por el dibujante, el del Banco Central, hoy Santander. El cambio de nombre de la entidad no ha mitigado su ofensiva horripilancia. Los árboles rebrotando, si es que ese año no se les ha ido la mano con las podas y los han dejado como postes del teléfono.
   Chalet Fontecha, Gobierno Civil, Cámara de Comercio... Ese hermosísimo edificio, uno de los que se salvaron de los califatos municipales que condenaron a la ruina no pocos los que en esa calle tenían un valor similar, para edificar esas cosas que se van alternando con los que aún quedan de una calle que perdió su encanto y su unidad arquitectónica de principios del siglo XX en aras del progreso.
   Por el momento, adquirido por la Diputación Provincial, parece destinado a albergar un Museo de Arte Realista. Esperemos que llegue a buen puerto esa buena idea.
   El dibujo, con estilográfica y pincel de agua, extendiendo la tinta de los trazos y reforzando después algunas sombras mojando el pincel en el tajo de la pluma para cargar algo las tintas.
   El siguiente, también a partir de una foto, es un dibujo que recoge desde el Parque una esquina del Instituto Bachiller Sabuco, que durante mucho tiempo fue el único de la capital. En él estudiamos —al menos el ingreso y primer curso de bachiller y entre otros muchos que sería largo enumerar—, Don Ramón Menéndez Pidal y yo, con desigual aprovechamiento y trayectoria.
   Finalizamos la entrada del blog con un dibujo de una esquina del Paseo de la Libertad, recogiendo parcialmente el edificio de la Diputación Provincial. Sentado en la terraza del Milán, tomando una copa de pacharán en honor y recuerdo de mi siempre amigo y ocasional compañero de dibujos callejeros, Joshemari Larrañaga, pintor de barcos, bares y bodegas de Barcelona. Los dibujos hechos en su sitio, sin foto, son otra cosa. Tienen un no sé qué y un qué se yo que los hace más frescos y espontáneos, es decir, mejores.

jueves, 16 de junio de 2016

Segura, Cazorla y las Villas


   Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas. Casi 220.000 hectáreas de bosques, montañas, ríos y embalses, que hacen de esta maravilla el espacio natural protegido mayor de España, el segundo de Europa. La verdad es que las montañas y los bosques comienzan bastante antes de llegar al Parque Natural, pues a pocos kilómetros de Albacete capital ya empezamos a vernos rodeados de montes arbolados, a conducir por sinuosas carreteras de montaña, a vadear ríos y bordear embalses. Hay que recorrer, como hacemos, cientos de kilómetros para que, poco a poco estos bosques se vayan conviertiendo en olivares, pasada Cazorla. Unos 60 millones de olivos de Jaén que son la mayor extensión de bosque cultivado del mundo. Y la cuarta parte del aceite de oliva mundial. Zona de montaña, rica en arbolado como se ve, agreste, semidespoblada, con fuentes, arroyos, como ocurre en la provincia de Albacete, limítrofe, donde se inicia el Parque y donde no es excepcional encontrar cabras encaramadas a los farallones, ardillas, incluso algunos cervatillos al lado de la carretera, cosa que me ocurrió hace poco en lugar tan inesperado como Tolosa, en las hoces del Júcar, cerca de Alcalá. 
   Por Cazorla vimos alguna cabra curiosa, escapando sin prisas entre helechos por los barrancos que bordeaban la carretera, muchas ardillas, truchas y carpas por los ríos, lagartos, lagartijas y hasta una inquietante camisa de víbora hocicuda abandonada por su propietaria bajo un cojín en un banco de un restaurante a la orilla del Tranco. Y por los cielos infinidad de rapaces, que más parecía la Bolsa, incluso algunas aves enormes a gran altura, águilas reales o buitres. También compruebo que cada decenio se ven menos mariposas, abejorros, mantis aunque ya se hubiese mermado su religiosidad, libélulas, arañas, caballitos del diablo e insectos en general. Tal vez sea que ya no recorro las serranías metido hasta el cuello en las aguas heladas de los ríos, cámara en ristre para inmortalizar bichos, como era mi costumbre, o simplemente que he perdido mucha vista. Espero que sea eso. Aunque creo que no.
   También habría que decir que no es el único Parque Natural de la provincia de Jaén, que cuenta con otros tres, hasta las 300.000 hectáreas protegidas, al sumar los de Sierra Magina, Sierra de Andújar y Despeñaperros. Terreno adecuado para quienes nos encanta conducir por curvas, no nos espantan los barrancos y no nos cansamos de ver árboles y cerros.
  
   Aunque era zona ya conocida por otras visitas anteriores, algunas en tiempos ya remotos, ir allí en estos momentos primaverales es algo diferente. Hace poco más de un año, pasábamos por Santiago de la Espada, con nieve en las cumbres o en las zonas de umbría al lado de la carretera. Desde Úbeda también se veían las cimas llenas de nieve hace unos meses. La hierba está ahora jugosa y verde, los árboles lucen en su mejor momento, abundan los helechos y algunas praderas están cuajadas de florecillas. Las nieves de este invierno y las lluvias de mayo han permitido que el paisaje presente ahora su mejor cara. Las montañas no cambian, siguen imponentes, majestuosas, cubiertas de árboles hasta la altura en que estos empiezan a sentirse incomodos, cerca de los 2.000 metros de altura.
   Como vamos sin prisa, paramos a almorzar cerca del Salto de Miller, mientras miramos los retorcimientos de los estratos que dejaron al aire los desmontes para hacer las carreteras, lo que demuestra que el pasado geológico de la zona fue agitado, que el afán por acercarse a la península es ya de antiguo compartido en el norte de Africa por personas y placas tectónicas, a veces con grandes estropicios en forma de catacumbres, terremotos o de almohades.  Luego nos desviamos hacia Segura de la Sierra, que en el año 781 llamaron  شَقُورة (Shaqūra) cuando la conquistaron guiados por Abul-Asvar, según me informo., luego ocupada por sucesivas oleadas de renovado fanatismo norteafricano, como almorávides y almohades, los ISIS de la época,
   Allí vimos, con la montaña al fondo y olivos en el valle, la estatua de Jorge Manrique, oriundo de Segura de la Sierra. Y la dibujamos.  
    Habíamos tomado café en un bar cerca de La Toba, escuchando el agua almacenada en los altos farallones que quedan enfrente y que ahora discurre borboteaando al caer por un pequeño desnivel entre pedruscos, a la sombra de las higueras que entoldan el lugar. Bebimos agua en una fuente que había en el  mismo patio del bar, donde estuvimos pegando la hebra con el dueño, que con más sentido común que vista comercial te recomendaba abrevar en ella, pues no podía ofrecer ninguna embotellada que fuera mejor. Me descubro ante tanta sabiduría y honradez.
   Llegamos a este hermoso pueblo medieval de Segura de la Sierra serpenteando entre enormes pinos y jugosos helechos por la ribera del río Madera, centro de la que fue inverosímil provincia marítima de Segura, en manos del Real Negociado de Maderas, lo que supuso que estos bosques, gran parte de varias provincias, pasaran en 1751 a manos de la Marina, una vez se decidió en 1733 que de aquí convenía sacar los troncos de pinos salgareños con que construir la fábrica de Tabacos de Sevilla. Desde entonces, decenas y decenas de millones de árboles se fueron navegando por el Madera, el Guadalimar, el Segura o el Guadalquivir hasta los astilleros y atarazanas de Sevilla o Cartagena, principalmente para contruir o reparar barcos. Aunque es actividad que duró hasta época relativamente reciente, la disminución del caudal de los ríos, la construcción de embalses y otros factores hicieron que este trasiego fluvial se abandonara. 
   Los árboles, de las manos de la marina pasaron a las de la Renfe, para hacer millones y millones de traviesas para las vías férreas. De forma que al viajar, en barco o en tren, durante siglos, de aquí salieron las traviesas que soportaban las vías o el forro exterior, cubierta y parte de la arboladura de las naves contruidas para la carrera de Indias, para perseguir piratas berberiscos o para hundirse en Trafalgar. 
   Parte de las sierras de Albacete formaron parte de esa provincia marítima con capital en Segura de la Sierra, teniendo su delegación albaceteña en Alcaraz, junto a las de Cazorla, Villanueva del Arzobispo, y Santisteban del Puerto.
   Como a este paraiso siempre se ha venido a llevarse, que no a traer, durante mucho tiempo fue reserva de caza mayor, pues hasta osos había, según algunas fuentes hasta mediados del XIX, seguro antes, no hay más que leer los libros de montería a los que tan aficionados han sido los monarcas y nobles de todos los reinos que luego formaron España. En el Libro de la Montería "que mandó escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla, y de León, vltimo deste nombre, acrecentado por Gonzalo Argote de Molina", libro dirigido a Felipe II en el que recoge textualmente lo que Alfonso XI decía sobre estos montes:

   Llegamos a la base bien entrada la tarde, a la Casa La Nana en la misma presa del pantano del Tranco de Beas, lleno a rebosar. Ahora a descansar, quitarse el calor del viaje y tomar un brebaje reparador y refrescante mientras las montañas van cambiando de color, las sombras van llenando las partes bajas de los valles que ocupa el pantano y el fresco y la oscuridad se hacen dueños del lugar. Quedan algunas luces y el olor del jazmín y las higueras.
   Por la mañana temprano apunte con estilográfica y acuarela, aunque volvemos varias veces al tema con acuarela o lápiz de lo que desde esta terraza se ve en los momentos en que estamos en la casa, . Una maravilla.

   Aunque procuramos ver parte de lo mucho que hay, también hubo bastantes ratos de descanso, disfrutando del olor de las higueras, viendo que el en cielo hay buitres que se ganan honradamente la vida, escuchando pájaros que aún tienen ánimos para cantar en el bosque, duchándonos con agua mineral sin gas o bebiéndola en fuentes llenas de musgo y cabelleras de Venus, comiendo tomates con sabor a tomate, embutidos de ciervo, quesos de cabra y miel de romero.
   La altura de las montañas es impresionante y esa que hemos dibujado varias veces y que pone fondo a la presa del Tranco, una llanura inclinada que se derrumba finalmente, tiene una estructura que se repìte una y otra vez. El paisaje mantiene ese patrón, el de un fondo marino, llano y uniforme, que se levanta, se inclina, quiebra y derrumba siempre en la misma dirección, la dirección en que empujaban las fuerzas inimaginables que comprimieron esa llanura inicial rompiéndola y haciéndola alta y quebrada, como una sierra. El espectáculo debió de ser tremebundo. El desconcierto de las aguas también y, en sus dudas y discusiones sobre la ruta a seguir, unas eligieron, precisamente aquí, si convenía dirigirse hacia el levante o hacia el sur. La mayoría prefirieron esa segunda opción y el Guadalquivir ganó al Segura, ambas cuencas abriéndose camino entre cerros y peñascos  hasta el mar.
   También trajimos algunos recuerdos de los olivares de Cazorla, en forma de aceite o de mermelada de olivas, miel y cosas así. Los principales quedan dibujados. Hicimos muchas fotos y algunos dibujos más durante los demás días de rutas por la zona, pasando por pueblos con su castillo y sus calles llenas  de rosales en flor, de esas rosas que huelen y que creíamos extintas: Nacimiento del Segura, Hornos, Río Borosa, Arroyo Frío, La Iruela, Cazorla, y de allí regreso por Villanueva del Arzobispo hacia Alcaraz y Albacete. Un paseo largo por carreteras bordeadas de retamas en flor.

   Pluma estilográfica y acuarela. Un pino inmenso, de los muchos que hay en la zona. Orillas del Tranco de Beas. Está dibujado sobre un cuaderno Mix-media de Canson, 17,7 x 25 cm. Los siguientes, unos dibujos con estilográfica y pincel de agua del castillo y de una calle de Cazorla, sobre  un cuaderno de Fabriano y  otro de Canson Mix-media verjurado.

viernes, 20 de mayo de 2016

Dibujos de Albacete

    Después de una temporada más que complicada en la que he pintado pocas acuarelas, últimamente las circunstancias han hecho que casi todo se hiciera en cuadernos, de viaje en Almería, Murcia, Úbeda y Baeza, Madrid, Elche, Alicante o Benidorm. He recuperado la inmediatez de una pluma estilográfica y unas pocas pastillas de acuarela para hacer dibujos y poder llevar encima todos los aparejos.
     Estos dibujos son de Albacete, mi ciudad, que tengo abandonada. A diferencia de otros pueblos, villas y ciudades de una de las provincias más extensas, variadas y hermosas de España, no es Albacete, su capital, una ciudad monumental, para mi pesar, pues es joven para los estándares europeos, y nada anterior al siglo XVI sigue en ella en pie. Si escarbáramos, —si escarbásemos aún más—, encontraríamos restos iberos, romanos o árabes y también agua, porque vivimos sobre un lago subterráneo, aunque ya sobreexplotado, que inunda los cimientos si se ahonda mucho. Antes los niños al hacer un gua para jugar a las bolas encontraban agua, cerámica ibérica o una losa del Camino de Aníbal. En Roma encuentran un anfiteatro, apunta mi amigo José Javier, que es arqueólogo. A cada uno lo suyo.
    Por eso, muchos nativos, al viajar, nos portamos como si fuésemos de Illinois, boquiabiertos y admirados ante las piedras antiguas bien colocadas, sin esa vacuna que capa la capacidad de asombro y disfrute de quien desde su ventana ve cada día una catedral gótica o un acueducto romano. En eso somos como niños, en el mejor de los sentidos de la palabra. Úbeda y Baeza pueden resultarnos apabullantes, por poner un ejemplo de los muchos que hay en España.


   Aunque no es que en Albacete se haya arramblado con el pasado arquitectónico en mayor proporción que en otros lugares, la inicial escasez hace más dolorosos esos derrumbes para dejar el solar a mostrencos de hormigón que hieren nuestra vista. Mal común, como la ola de progreso que derribó prácticamente todas las murallas y puertas de las ciudades muradas para los ensanches del XIX y que a nosotros nos ha privado de algúnos palacios, iglesias, conventos o nobles edificios de principios del siglo XX que daban unidad y encanto al centro de Albacete. Algunos quedan, ofendidos por la compañía arquitectónica, pero ahí están.
   Por contra, tenemos muchos árboles, parques y jardines, un aire limpio, hermosas puestas de sol, buen queso, excelentes vinos, y gente con un humor propio de naúfragos y supervivientes a los que nada les fue fácil. Un humor que nos permite reirnos de nosotros mismos y de quienes dicen vivir en territorios históricos, que parece ser que Dios vino a estos desolados páramos, ya bien entrada la historia, a remediar un olvido del día de la creación. Terreno fronterizo y de paso, tal vez el problema es que hayamos tenido historia demás e inversiones de menos, lo que provocó la pérdida de lo mejor del terreno, sus gentes, que tuvieron que emigrar a buscarse la vida, muchas veces siguiendo a sus aguas arrebatadas, para ser mirados con desdén en las regiones cuya prosperidad ayudaron a levantar con sus manos. Una prosperidad ajena muy ligada a nuestra ruina y despoblamiento. Entender más de la bolsa que de la historia lleva a algunos a hablar, sin tener que apuntalarse la cara con recios andamios, de algunas gilipolleces sobre deudas históricas y otras garambainas. A ver si un día tenemos tiempo y vergüenza y echamos cuentas.
    Dejemos sufrir a los que tienen que remontarse siglos para encontrar motivos de orgullo, cuanto más antiguos más ajenos, y admiremos a nuestros antepasados más o menos cercanos que, olvidados y teniendo todo en contra, consiguieron sobrevivir y permitir que aquí estemos ahora nosotros, su prole, gente genéticamente estoica, resistente y tenaz. Nosotros, poniendo patas a sus genes, pululamos hoy en día en busca de una mesa en el bar, donde hidratarnos al sol o a la sombra, según mercado y estación para, de paso, guarecernos de este clima inclemente que remata la suerte para hacernos berroqueños.
   Puestos a hablar de historia, cuando Albacete era una aldea árabe, allá por 1252, el alcalde se llamaba Wahb Alláh y la aldea Al-Basit, el llano. De ahí hemos pasado a Albacete, cuya terminación diminutiva de lugarejo o aldehuela, como sucede a otros lugares de similar nombrecillo, nos ha colocado a sus casi 180.000 habitantes a vivir en un sitio propicio para los chistes fáciles, rimas propias del encefalograma plano de la creación literaria y demás escarnios. Si eso evita que personas así se dejen caer por estos llanos, por bien tengamos el no contar con topónimo más rimbombante, como los 1544 habitantes de Madrigal de las Altas Torres, por poner un caso.
  Como decía fray Gerundio de Campazas, su aldea era pequeña por no haberse sus vecinos propuesto hacerla mayor, que sitio tenían. Aquí ocurre igual, porque sitio tenemos mucho. Y sobre el nombre, no corren tiempos de recuperar el Al-Basit de cuando los almohades, ahora de vuelta, pero con kalashnikov.
   Van pues aquí unos primeros dibujos de Albacete, con estilográfica, a veces plumilla, tintas, acuarelas y tamaño 24x30 cm. en la mayoría de los casos, pues en parte se preparan para mitigar el olvido a mi ciudad en mis cuadernos de dibujo y también con vistas a una posible exposición cuando haya suficientes que se consideren presentables.